martes, 10 de diciembre de 2013

Consejos de Ricardo García Vilanova, fotógrafo secuestrado en Siria

Tenía ciertas dudas sobre publicar o no esta entrada, pero creo que muchas de las cosas que nos dijo Ricardo García Vilanova en aquella charla el 22 de abril de 2013 a los alumnos de Fotoperiodismo son muy interesantes. Tan sólo son los apuntes que tomé en clase aquél día, así que pido disculpas de antemano por la forma en que está escrita el texto. Y por último, desear de todo corazón que Ricardo pueda volver pronto a casa, al igual Javier Espinosa y Marc Marginedas. 

«Existen dos vías para trabajar como fotoperiodista de conflictos. La primera es a través de las agencias. Para ello es necesario hablar en unos 4 idiomas. Escribir y hablar en inglés y francés perfectamente. Si además se habla en árabe mucho mejor. 

Las agencias te limitan mucho. Para trabajar en agencias hay que hacer un book, enseñar tu trabajo y  entregarlo para que confíen en ti, en el periodista. Es muy importante también la experiencia. Si no se cumples los requisitos, hay que intentar ir consiguiéndolos mediante cursos y posgrados. Si la intención es trabajar de esto, no podemos quedarnos en España.

Ricardo trabajó durante 3 años en Siria. En los conflictos, existen diferentes grados de acceso, que varían en función del conflicto. Se puede ir por libre, pero para ello tienes que tener contactos, o ir amparado por un medio.

viernes, 16 de agosto de 2013

Trainspotting, ¿película para volver a ver?

Primero de todo, la he visto recientemente. Y es muy buena. Mucho. Tiene frases espectaculares y no es que no me haya gustado, es simplemente que no la considero para tanto. Tenía muchas expectativas con esa película. Había visto algunas imágenes y sentía curiosidad... Pero no me satisfizo del todo.

Está muy bien hecha, el argumento no es complejo y aun así entretenido, y tiene escenas que, personalmente, recordaré como brutales. Aunque también recordaré algunas como asquerosas... Voy a presentaros algunas razones por las que no volvería a verla.


Primera razón por la que no volvería a ver Trainspotting: La escena del váter. Normalmente suelo taparme los ojos en muchas películas, y si las veo con alguien no falta el "avísame cuando se acabe la escena". Trainspotting la vi sola y nadie pudo decirme que ya podía volver a mirar. ¡QUÉ ASCO! Además de ser una escena innecesaria y repugnante, no quiero ver al precioso Ewan introducirse en ese montón de mierda de nuevo.

Y hablando de escenas con las que me tapo los ojos, llegamos a la segunda razón por la que no volvería a verla. Los "pinchazos". Soy muy sensible y es superior a mí ver una aguja clavándose en algún sitio. Y más directamente en una vena. Me desmayo con los análisis de sangre y, por supuesto, en la vida podría estar enganchada al caballo. Cosa que no me preocupa. Y cuando me reprochan el hecho de llevar dos tatuajes mi respuesta siempre es la misma: Los tatuajes no implican inyectar o extraer nada del interior de mi cuerpo. La tinta no me llegará a la sangre. Así que tatuajes los que queráis, pero no soporto los análisis de sangre y mucho menos ver a drogadictos meterse heroína. Esta también es una razón por la que no volvería a ver Requiem for a dream (por culpa de la cuál estuve varios días sin poder dormir, agarrando y frotando mis brazos constantemente y con el estómago revuelto). 

jueves, 15 de agosto de 2013

Fuori dal mondo

Hace algún tiempo extraía la inspiración para escribir de los más miserables detalles. Algo que me había pasado, algo que había visto, que me habían contado... Qué se yo. Sandeces, tonterías sin importancia. Ahora me resulta mucho más difícil ponerme a escribir, y no porque no me pase nada, no me cuenten nada o no lea nada interesante. Absolutamente todo lo contrario. Simplemente, ya no hay nada a lo que le saque tanto jugo. Hay miles de cosas que me gustan y cada vez más. Eso es bueno y malo a la vez. Es maravilloso que nunca me pueda cansar de interesarme por cosas. Pero a veces me siento vacía al ser todo tan banal y que no haya cosas que me marquen tanto como antes. Y cuando las hay dure tan poco.

Una de las cosas que más me han fascinado que haya visto durante este verano es el conjunto de película y serie, en la que cada uno de sus capítulos es tan maravilloso como un film, This is England. 

A veces me sorprendo de que me gusten este tipo de cosas. Igual que me pasó con la Naranja Mecánica (he visto película y leído novela, así que no quiero que nadie me juzgue de antemano). Parece que son cosas que no van conmigo, a pesar de que yo no tenga una mentalidad fuertemente forjada. Soy como soy. Pero no sé por qué motivo alguien decidió que ese tipo de "cosas" iban dirigidas a un público concreto. Un tipo de personas que se declaran seguidores incondicionales de estas películas (por generalizar), que llevan un tipo de ropa concreto, escuchan un género de música concreto y tienen una ideología concreta. Yo que sé. De verdad, os expongo mi ignorancia en todo su esplendor porque me gustaría que alguien me lo explicara. 

Dejando eso de lado, que como de costumbre me voy por las ramas, he estado recordando (o intentándolo) qué cosas me producían la suficiente inspiración como para escribir prácticamente todos los días. Aunque sólo fuera una línea, era "bonita". 

Por desgracia siempre llego a la misma conclusión. Lo que más inspira, por lo menos en esta forma de escribir tan desordenada y asquerosa que tengo, es la tristeza. La pena, el llanto, el sentirse como un pedazo de mierda todos los días. A saber por qué. Ahora eso no lo tengo, y si alguna vez aparece no viene para quedarse. Son malos días, no malas rachas. Volvemos a lo que en parte es bueno y malo. Es bueno porque, ¡joder! a quién no le gusta ser feliz. Es malo porque reduce mis ganas de escribir. 

Por lo que...

Probablemente lo más sensato sea empezar a filosofar sobre lo feliz que soy (parabím, parabam), escribir sobre cosas bonitas que me gustan... Estoy leyendo bastante este verano, viendo peliculazas y jugando a algunos videojuegos chachis como para no encontrar algo que me guste... O simplemente dedicarme a otra cosa. Cosa que no quiero. (Y esto último, sí lo de repetir cosa dos veces, es a propósito.)

Bueno, como parece que escribo para autoconvencerme de que realmente "no estoy tan mal", "sonrío y eso", "siempre podré volver a encontrar la inspiración" voy a ir terminando esta entrada de un blog que ya ha pasado por todo. Quizá debería darle una utilidad mayor que la de escribir lo que sale de este cerebrito mío... Pero hasta entonces, ya va bien así. 

Os dejo con esta preciosa banda sonora. 


sábado, 3 de agosto de 2013

La fuerza de los Mandalas

No entiendo de métodos de relajación, ni de budismo, ni hinduismo, ni de ninguna religión oriental. Tan sólo sé que siempre que noto que mi mente alcanza ese estado que se me hace tan difícil describir después de desaparecer y provocarme tantísimos problemas, siempre me va bien pintar un mandala. 

No hay un motivo aparente, porque en realidad a mí se me hace difícil creer en estas cosas, y aunque sea como abrir un cuaderno de bebés y ponerse a pintarrajear de cualquier forma, parece que funciona. Un poquitín.

Por lo menos sé que mi tía estará orgullosa de mí. Me regaló un libro de colorear mandalas cuando era una cría caprichosa (¡jaja!, como ahora pero con menos edad) y no le hice mucho caso hasta hace poco. Supongo que todo tiene una edad... Y aunque consista en coger lápices de colores y pintar, la edad de los mandalas ha llegado hace bien poco. 

Seguiré buscando cosas para mejorar como persona. A ver si meditando mínimamente consigo algo más que sin hacer nada. 

En fin. Os dejo con un mandala que me ha parecido muy bonito. 


jueves, 1 de agosto de 2013

Der Kunst von Deutschland

No puedo creer que en menos de un mes esté pisando suelo alemán. Mi sueño desde incluso antes de saber el idioma. Y eso que prácticamente desde que nací estaba relacionándome con alemanes. Mi primer mejor amigo se llamaba Mario. Mis padres pensaban que su nombre completo era Mario “Pitcher” o algo así, porque cuando sus enajenados progenitores gritaban el nombre del crío, lo acompañaban de esa palabra extraña… Con los años descubrí que lo que realmente querían decir los padres de mi amigo Mario era “bitte”. Por lo tanto: “’¡Mario, por favor!”. Fue divertido darse cuenta de eso. Lo malo es que cuando lo supe no volví a ver a Mario.

Mi historia con Alemania es curiosa. Siempre me he imaginado pisando sus calles y sobre todo haciendo miles y miles de compras que en ese momento me parecían completamente necesarias para seguir viviendo. Películas que aquí ni se encontraban, discos, pósters… Chorradas. Con el tiempo, todo vino aquí. Maldita globalización. ¿Qué sentido tenía ahora irse a Alemania?

Souvenir de Berlín. Otro típico regalo son trozos del muro.

Pues gracias al hecho de crecer y madurar (y tal y cual y Pascual), he podido encontrar algunos otros motivos para viajar a ese país tan odiado y amado a la vez. Su historia, sus jóvenes edificios, la música clásica (¡!), la comida, escuchar ese fascinante acento vaya donde vaya… Y seguro que me emociono cuando encuentre alguna de esas cosas que ansiaba tener en mi adolescencia. Antes conocía tan poco… Y ahora no es que la situación haya cambiado mucho, pero estoy segura de que visitar por fin Berlín me entregará la fuerza que se necesita para afrontar un señor Último Año de Carrera. Y aunque no tenga nada que ver, cuando esté al borde de la explosión recordaré que al menos uno de mis sueños ya se ha cumplido, así que sólo me quedará seguir cumpliendo los demás.

Como siempre empiezo hablando de una cosa y termino con otra totalmente distinta. El día en que ordene mis ideas haré una fiesta y os invitaré a todos. Hasta entonces, besitos de fresa.

miércoles, 24 de julio de 2013

"Te quiero como el primer día"

No hay frase más estúpida. 

Y la habremos oído infinidad de veces en miles de sitios. Películas, libros... Tal vez incluso nos la hayan dicho alguna vez en nuestra vida y no nos hayamos dado ni cuenta de lo poco que realmente significa. Si después de estar saliendo durante años con una persona la quieres como el primer día, tenéis un problema como pareja. 

Creo que no hay nada más precioso que, a pesar de ir conociendo cada detalle de la persona con la que has decidido estar a medida que pasa el tiempo; conociendo también, por tanto, sus defectos y sus manías, la quieras cada vez más. Que aquello que al principio te fascinaba y te parecía asombroso, ahora que te has acostumbrado, sea algo sin lo que no podrías vivir.

¿No os parece mucho más bonito que os digan "te quiero cada día más"? Esa otra frase del título que nos han vendido en tantos sitios... En fin. Tened en cuenta que si alguien os la dice es porque se ha quedado estancado en el pasado, no evoluciona, no os quiere una mierda o simplemente guarda la fascinación que tenía al principio, pero no ama vuestros pequeños detalles. Aquellos maravillosos momentos que tan sólo se consiguen dejando que el tiempo pase.

De todas formas, yo tengo mi frase predilecta. Aquella que sé que cuando me la dicen, la susurran o la escriben es porque hemos conseguido otro de esos maravillosos momentos. Y así, coleccionándolos quiero pasar el resto de mi vida. 

Y amándonos, no como el primer día... Como si cada día fuera el último.

lunes, 13 de mayo de 2013

Al fondo oirás música


He aquí el relato que mandé al concurso del TMB. Por supuesto no he llegado a ser ni finalista, pero he pensado que quizá a alguien le guste leerlo de la misma forma que a mí me gustó escribirlo, ya que era una idea que tenía desde hace tiempo y esta fue la excusa para desarrollarla. Aquí os lo dejo.

Un día escuché que cuando se viaja en el metro, al llegar éste a su última estación, muchos de los pasajeros permanecen sentados en sus asientos, impasibles, como si eso no fuera con ellos. Y no se bajan. Se quedan ahí. ¿Por qué será?

Quise descubrirlo, así que un día decidí quedarme también sentada junto a ellos. Por suerte o por desgracia no tenía nada mejor que hacer ya que había perdido mi trabajo en la escuela de música hacía unas semanas. Tras ahogar mis lágrimas durante días en Chopin y Bach, decidí ir a dar una pequeña vuelta y, de paso, poner fin a tantos años de frustrante ignorancia.

Como solía hacer cada mañana, tomé el metro en Urquinaona. A la misma hora a la que lo cogía cuando aún trabajaba. Imaginaos lo doloroso que fue para mí subir y ver aquellas caras que no veía hacía casi un mes. Aún más fue hacerlo cargando a la espalda mi viejo violín. La costumbre.

Me senté y esperé. Una, dos, tres paradas. En teoría, me tocaba bajar ahí. Los que me tenían vista me miraron extrañada al ver que seguía sentada, pero, obviamente, no tenían tiempo para eso. Ellos trabajaban, sí. Esta vez me tocaba aguantar un poco más, así que seguí esperando.

Cada vez me alejaba más del centro y estaba más emocionada, hasta que por fin llegó el final. Fondo. No quedaba gente prácticamente dentro del vagón. Yo no me atrevía a mirarles directamente. Fingí haberme dormido, pero podía ver sus movimientos nerviosos de reojo y escuchar sus susurros.

“Esta parece nueva”, dijo uno de ellos. “¿Quién podrá ser?”, preguntó una segunda voz un poco más cercana a mí. “Yo creo que se ha dormido”, respondió una tercera voz, esta vez femenina. Los tres se aproximaron, tanto que empezaba a ponerme nerviosa. De repente las puertas del vagón se cerraron con el característico pitido y me sobresalté.

Los vi a los tres mirándome pasmados, con caras de asombro y curiosidad. Debí de asustarles cuando de las puertas surgió un nuevo pitido que hizo que pegara un bote en el asiento, ya que retrocedieron. Me fijé y todos ellos llevaban consigo un instrumento. Uno de los hombres, un estuche que parecía de flauta travesera, el otro llevaba sin duda un saxofón, y la mujer un despampanante violonchelo. Los analicé con la mirada. Ellos me miraron a mí y después entre ellos. Finalmente sonrieron. Nadie decía nada así que tomé la palabra.

“Me dormí y he acabado aquí”, intenté explicar. “No nos mientas, conoces el secreto de la L1”, me increpó la mujer. “¿Qué?” ¿Secreto? “Sí. Cuando llega a la última estación, este metro en concreto no vuelve a salir hasta dentro de una hora. Es el tiempo que tenemos para ensayar y compartir música y experiencias entre nosotros”, me contó el saxofonista amablemente. “Lo hemos perdido todo en la vida, lo único que nos queda es la música. Todos tocábamos en los pasillos del metro, cada uno en su parada, pero no nos conocíamos hasta que esta iniciativa se puso en marcha. Ahora puedo compartir este rato con otros músicos que han tenido la misma suerte que yo, y puedo olvidarme de las desgracias que me esperan al volver”, esta vez fue el turno del flautista.

“Yo acabo de perder mi trabajo como profesora de música… Sé que no es equiparable, pero no he podido tocar nada desde entonces, y siento un enorme vacío”, expliqué.

“No digas más. No necesitas carnet de socio para estar aquí.”

Pude volver a hacer sonar mis queridas cuatro cuerdas y volver a sonreír. Desde entonces, cada día regreso al final, que se ha convertido en mi principio. 

viernes, 19 de abril de 2013

Tres tipos de arte

El diafragma afecta en gran medida la profundidad de campo. Cuanto más cerrado esté (mayor número f), mayor será la profundidad de campo. Cuanto más abierto esté (menor número f) más pequeña es la profundidad de campo.

Vale, así que si pongo un número alto estará muy cerradito y se verá todo mejor (más nítido), y si pongo un número bajo… ¿1?, ¿2? Ui, imposible. ¿5.6? Vamos… ¿Eso es que está abierto? Claro, entonces el fondo no se verá tan bien. Así salen retratos bonitos.

Bien, como veis parece difícil, o antinatural. A mí los números me suelen abrumar, pero con esto es diferente. Un poco de práctica con la cámara, unas cuantas fotos y estas equivalencias se convierten en futilidades.

A veces cuesta comprender cómo el arte más hermoso está plagado de esas matemáticas que tantos quebraderos (jeje) de cabeza me traían durante la infancia y la adolescencia. En bachillerato no se me daban mal, pero en la ESO… Uf. Está claro que un simple profesor puede convertir el magnífico proceso del aprendizaje en un jodido infierno (véase cierto calvito).

Como decía. El arte tan unido a los números… Tan sólo mirad las partituras de piano, ¿qué serán todos esos numerillos debajo de las negras, corcheas y semicorcheas? Os lo diré, la digitación (su p*** madre). A veces me resulta imposible aprenderme todas esas posiciones. Con el dedito 5 un do, con el 3 el fa#... Y así, oye. Hay quien se ríe cuando digo “el dedo 5”, yo lo veo normal pero supongo que hay a quién le debe hacer gracia. Es curioso. Y como veis, los números.

Pues lo mismo con la fotografía, un arte que justo acabo de empezar a comprender y que puede resultar frustrante al principio, pero una vez “le coges el tranquillo” es genial. Sé que tengo mucho que aprender. Realmente, nunca he dejado de hacerlo con nada en mi vida.

Hoy he ido a la librería y me he vuelto loca. También me he deprimido. Ojalá pudiera leerme todas esas pequeñas partes de alguien que ha querido compartirlas con nosotros, con el mundo. Igual que vosotros os estáis tomando la molestia de leerme ahora mismo, yo también debería “molestarme” en leer todos esos libros. Qué locura, sí. Pero ojalá pudiera.

Al final os he acabado hablando de tres temas, y todos los considero arte. Me queda alguno en la manga, está claro, así que para la próxima intentaré mostraros mis escasos conocimientos en… Prácticamente, todo lo que tenga que ver con un pincel y la inteligencia espacial, de la que, por cierto, carezco según el test de inteligencia que me hicieron en la ESO. Otro día también hablaré de ello. De momento, que les zurzan a esos listillos de Harvard.

El susodicho diafragma tipo iris

miércoles, 17 de abril de 2013

Cantino


Haz sonar mi alma… Tú, pequeño instrumento bautizado en nombre del diablo, haz que nuestras almas se entrelacen con la misma perfección de tu armonía.


A veces no puedo imaginarme un sonido más hermoso. Debo ser infiel a mi naturaleza y unirme a tus ojos, nariz y sonrisa, tus cuatro cuerdas. No necesitas más. Es maravilloso comprobar cómo surgen todos esos sonidos maullantes de algo tan simple. Cuéntamelo, susúrrame, alma, cómo es eso posible… ¿Eres tú, verdad?

Claro que sí. Tú eres fuerte, debes soportar todo un arte. La encargada de aguantar terribles aberraciones, dolor infinito; pero también la mayor de las bellezas, el amor y comprensión… La delicadeza, el tacto, el miedo, el olor… Guardas una gran responsabilidad. Si no fuera por ti, las súplicas no serían escuchadas, los mensajes de amor y paz, así como los de guerra y traición, quedarían en nada. Sin ti no habría resonancia. Sin ti no habría nada.

¿Qué ocurriría si te rompieras? Eres fuerte, pero no inmortal. ¿Substituible? Puede… ¿A qué precio? Eso ya no lo sé. Pero imaginemos el momento del duro golpe, ese vacío, esa horrible sensación de pesadumbre. ¿Qué he hecho?

¿Qué has hecho? Has destrozado su alma… Has matado a la música.

Disfrutad de Paganini

lunes, 21 de enero de 2013

La invención del amor: el corazón no es un engranaje

Por casualidad, como con casi todo, he descubierto recientemente un corto de animación que no me ha dejado indiferente. Se trata del primer trabajo del joven ruso Andrey Shushkov.

¿Habíais oído a hablar alguna vez del steampunk? Yo no, aunque podría decirse que he visto y absorbido grandes cantidades de estas obras clasificadas bajo este subgénero literario (y ya no sólo literario, sino artístico y sociocultural). Se trata de piezas de ciencia ficción y fantasía ambientadas sobre todo en la Época Victoriana inglesa, donde la tecnología predominante sigue siendo la de vapor, y todos los avances se fundamentan en este tipo de técnica. El corto de animación del que os hablaba forma parte del steampunk, y lo podemos visualizar y, sobre todo, sentir de una forma espectacular.

No quiero desvelaros mucho del argumento, pues lo más adecuado es simplemente verlo y formar parte de esa maravillosa sensación que despierta en tu cuerpo nada más finalizar. Y no temáis, que no llega ni a los 10 minutos.

La banda sonora también es algo que me ha dejado, si cabe, aún más maravillada. Los compositores Polina Sizova y Anton Melnikov hacen que el visionado del cortometraje acompañado de su música sea exquisito… Y por supuesto no podía faltar mi admirado Chopin para poner el punto final a una obra maravillosa y entregarme las ganas de compartirla con vosotros.

Sin más preámbulos os dejo La invención del amor [Invention of Love].