He aquí el relato que mandé al concurso del TMB. Por supuesto no he llegado a ser ni finalista, pero he pensado que quizá a alguien le guste leerlo de la misma forma que a mí me gustó escribirlo, ya que era una idea que tenía desde hace tiempo y esta fue la excusa para desarrollarla. Aquí os lo dejo.
Un día escuché que cuando se viaja
en el metro, al llegar éste a su última estación, muchos de los pasajeros permanecen
sentados en sus asientos, impasibles, como si eso no fuera con ellos. Y no se
bajan. Se quedan ahí. ¿Por qué será?
Quise descubrirlo, así que un día
decidí quedarme también sentada junto a ellos. Por suerte o por desgracia no
tenía nada mejor que hacer ya que había perdido mi trabajo en la escuela de
música hacía unas semanas. Tras ahogar mis lágrimas durante días en Chopin y
Bach, decidí ir a dar una pequeña vuelta y, de paso, poner fin a tantos años de
frustrante ignorancia.
Como solía hacer cada mañana,
tomé el metro en Urquinaona. A la misma hora a la que lo cogía cuando aún
trabajaba. Imaginaos lo doloroso que fue para mí subir y ver aquellas caras que
no veía hacía casi un mes. Aún más fue hacerlo cargando a la espalda mi viejo
violín. La costumbre.
Me senté y esperé. Una, dos, tres
paradas. En teoría, me tocaba bajar ahí. Los que me tenían vista me miraron
extrañada al ver que seguía sentada, pero, obviamente, no tenían tiempo para
eso. Ellos trabajaban, sí. Esta vez me tocaba aguantar un poco más, así que
seguí esperando.
Cada vez me alejaba más del
centro y estaba más emocionada, hasta que por fin llegó el final. Fondo. No
quedaba gente prácticamente dentro del vagón. Yo no me atrevía a mirarles
directamente. Fingí haberme dormido, pero podía ver sus movimientos nerviosos
de reojo y escuchar sus susurros.
“Esta parece nueva”, dijo uno de
ellos. “¿Quién podrá ser?”, preguntó una segunda voz un poco más cercana a mí. “Yo
creo que se ha dormido”, respondió una tercera voz, esta vez femenina. Los tres
se aproximaron, tanto que empezaba a ponerme nerviosa. De repente las puertas
del vagón se cerraron con el característico pitido y me sobresalté.
Los vi a los tres mirándome
pasmados, con caras de asombro y curiosidad. Debí de asustarles cuando de las
puertas surgió un nuevo pitido que hizo que pegara un bote en el asiento, ya
que retrocedieron. Me fijé y todos ellos llevaban consigo un instrumento. Uno
de los hombres, un estuche que parecía de flauta travesera, el otro llevaba sin
duda un saxofón, y la mujer un despampanante violonchelo. Los analicé con la
mirada. Ellos me miraron a mí y después entre ellos. Finalmente sonrieron.
Nadie decía nada así que tomé la palabra.
“Me dormí y he acabado aquí”,
intenté explicar. “No nos mientas, conoces el secreto de la L1”, me increpó la
mujer. “¿Qué?” ¿Secreto? “Sí. Cuando llega a la última estación, este metro en
concreto no vuelve a salir hasta dentro de una hora. Es el tiempo que tenemos
para ensayar y compartir música y experiencias entre nosotros”, me contó el
saxofonista amablemente. “Lo hemos perdido todo en la vida, lo único que nos
queda es la música. Todos tocábamos en los pasillos del metro, cada uno en su
parada, pero no nos conocíamos hasta que esta iniciativa se puso en marcha.
Ahora puedo compartir este rato con otros músicos que han tenido la misma
suerte que yo, y puedo olvidarme de las desgracias que me esperan al volver”,
esta vez fue el turno del flautista.
“Yo acabo de perder mi trabajo
como profesora de música… Sé que no es equiparable, pero no he podido tocar
nada desde entonces, y siento un enorme vacío”, expliqué.
“No digas más. No necesitas
carnet de socio para estar aquí.”
Pude volver a hacer sonar mis
queridas cuatro cuerdas y volver a sonreír. Desde entonces, cada día regreso al
final, que se ha convertido en mi principio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario