lunes, 13 de mayo de 2013

Al fondo oirás música


He aquí el relato que mandé al concurso del TMB. Por supuesto no he llegado a ser ni finalista, pero he pensado que quizá a alguien le guste leerlo de la misma forma que a mí me gustó escribirlo, ya que era una idea que tenía desde hace tiempo y esta fue la excusa para desarrollarla. Aquí os lo dejo.

Un día escuché que cuando se viaja en el metro, al llegar éste a su última estación, muchos de los pasajeros permanecen sentados en sus asientos, impasibles, como si eso no fuera con ellos. Y no se bajan. Se quedan ahí. ¿Por qué será?

Quise descubrirlo, así que un día decidí quedarme también sentada junto a ellos. Por suerte o por desgracia no tenía nada mejor que hacer ya que había perdido mi trabajo en la escuela de música hacía unas semanas. Tras ahogar mis lágrimas durante días en Chopin y Bach, decidí ir a dar una pequeña vuelta y, de paso, poner fin a tantos años de frustrante ignorancia.

Como solía hacer cada mañana, tomé el metro en Urquinaona. A la misma hora a la que lo cogía cuando aún trabajaba. Imaginaos lo doloroso que fue para mí subir y ver aquellas caras que no veía hacía casi un mes. Aún más fue hacerlo cargando a la espalda mi viejo violín. La costumbre.

Me senté y esperé. Una, dos, tres paradas. En teoría, me tocaba bajar ahí. Los que me tenían vista me miraron extrañada al ver que seguía sentada, pero, obviamente, no tenían tiempo para eso. Ellos trabajaban, sí. Esta vez me tocaba aguantar un poco más, así que seguí esperando.

Cada vez me alejaba más del centro y estaba más emocionada, hasta que por fin llegó el final. Fondo. No quedaba gente prácticamente dentro del vagón. Yo no me atrevía a mirarles directamente. Fingí haberme dormido, pero podía ver sus movimientos nerviosos de reojo y escuchar sus susurros.

“Esta parece nueva”, dijo uno de ellos. “¿Quién podrá ser?”, preguntó una segunda voz un poco más cercana a mí. “Yo creo que se ha dormido”, respondió una tercera voz, esta vez femenina. Los tres se aproximaron, tanto que empezaba a ponerme nerviosa. De repente las puertas del vagón se cerraron con el característico pitido y me sobresalté.

Los vi a los tres mirándome pasmados, con caras de asombro y curiosidad. Debí de asustarles cuando de las puertas surgió un nuevo pitido que hizo que pegara un bote en el asiento, ya que retrocedieron. Me fijé y todos ellos llevaban consigo un instrumento. Uno de los hombres, un estuche que parecía de flauta travesera, el otro llevaba sin duda un saxofón, y la mujer un despampanante violonchelo. Los analicé con la mirada. Ellos me miraron a mí y después entre ellos. Finalmente sonrieron. Nadie decía nada así que tomé la palabra.

“Me dormí y he acabado aquí”, intenté explicar. “No nos mientas, conoces el secreto de la L1”, me increpó la mujer. “¿Qué?” ¿Secreto? “Sí. Cuando llega a la última estación, este metro en concreto no vuelve a salir hasta dentro de una hora. Es el tiempo que tenemos para ensayar y compartir música y experiencias entre nosotros”, me contó el saxofonista amablemente. “Lo hemos perdido todo en la vida, lo único que nos queda es la música. Todos tocábamos en los pasillos del metro, cada uno en su parada, pero no nos conocíamos hasta que esta iniciativa se puso en marcha. Ahora puedo compartir este rato con otros músicos que han tenido la misma suerte que yo, y puedo olvidarme de las desgracias que me esperan al volver”, esta vez fue el turno del flautista.

“Yo acabo de perder mi trabajo como profesora de música… Sé que no es equiparable, pero no he podido tocar nada desde entonces, y siento un enorme vacío”, expliqué.

“No digas más. No necesitas carnet de socio para estar aquí.”

Pude volver a hacer sonar mis queridas cuatro cuerdas y volver a sonreír. Desde entonces, cada día regreso al final, que se ha convertido en mi principio.